Marilena Chauí

Marilena Chauí

Marilena Chauí: Cultura y democracia [1]

Marilena Chauí: Cultura y democracia [1]

I. Proveniente del verbo latino colere, en su origen cultura significa cultivo, cuidado. Era el cultivo y el cuidado de la tierra (agricultura), de los niños (puericultura) y de los dioses y lo sagrado (culto). Como cultivo, la cultura era una acción que conduce a realización de las potencialidades de algo o de alguien, era hacer brotar, florecer y beneficiar.

En la historia de Occidente, este sentido se fue perdiendo hasta que, en el siglo XVIII, con la Filosofía de la Ilustración, la palabra cultura resurge, pero se convierte en sinónimo de civilización. Sabemos que civilización deriva de la idea de vida civil, de vida política y de régimen político. Con el Iluminismo, es el patrón o el criterio que mide el grado de civilización de una sociedad. Así, la cultura pasa a ser un conjunto de prácticas que permite valorizar y jerarquizar los regímenes políticos, según un criterio de evolución. En el concepto de cultura se introduce la idea de tiempo, pero continuo, lineal y evolutivo, de tal modo que cultura se convierte en sinónimo de progreso. Se valora el progreso de una civilización por su cultura y se valora la cultura por el progreso que trae a una civilización.

Entrevista con Marilena Chauí: La universidad camina hacia su destrucción

  Marilena Chauí: "La universidad camina hacia su destrucción"

Entrevistada por Página/12, la filósofa brasileña Marilena Chauí explica cómo el neoliberalismo transforma a la universidad.
Autonomía: "Hoy la autonomía universitaria es la capacidad de administrar contratos con el Estado y las empresas. Es la independencia para buscar recursos privados".
Chauí es una de las más prestigiosas intelectuales de Brasil.
Hoy hablará de "La universidad en la encrucijada", en el Rojas.
Por Cecilia Sosa, para Página 12

"En toda América latina, la universidad está en camino hacia su destrucción como institución social y hacia su transformación en una organización cuyo único vínculo es el mercado. Con variantes, éste es un fenómeno global." Más conocida por su actividad académica y filosófica, y por haber sido, junto con Lula Da Silva y otros, fundadora del Partido Dos Trabalhadores (PT) de Brasil, Marilena Chauí también tiene una aguda mirada sobre la situación universitaria. En esta entrevista con Página/12, analizó cómo la universidad crítica de los 60 llegó a transformarse en un "engranaje de la máquina del capital", en los 90. Y cómo, en este pasaje, perdió sentido el viejo concepto de autonomía. De paso por Buenos Aires, Chauí dará hoy, a las 19.30, una conferencia en el Centro Cultural Ricardo Rojas (UBA).

"Hoy se quiere transformar a la universidad latinoamericana en una copia menor del modelo norteamericano --dice--. Destruyendo un pensamiento independiente, dando una formación mínima y privatizando la universidad", completa Chauí, que fue secretaria de Cultura de San Pablo (1989-1993) y, desde 1967, es profesora de filosofía en la Universidad de San Pablo.

--¿Cómo se llegó a esta situación?

--En cada etapa histórica se produjo una adecuación directa entre universidad y reproducción del capital. A principios de los 60, la universidad pública asumió una postura muy crítica. Esa universidad fue reprimida por la dictadura en toda la región. En Brasil, el sustento social de la dictadura fue la clase media que, a la vez, quedó alejada del centro de poder. En compensación, se le dio prestigio y ascenso social a través de la educación. Así, surgió la universidad de masas, destinada a garantizar el diploma para la clase media. Y para abrir la inserción profesional se fue tejiendo un lazo con las empresas. El objetivo de la "universidad funcional" fue pacificar la clase media y ofrecer a las empresas mano de obra altamente calificada.

--¿Hasta cuándo dura ese modelo de "universidad funcional"?

--En los 80 el mercado se satura y surge la "universidad de los resultados". Las empresas empiezan a invertir directamente en la universidad bajo la lógica de la "calidad total" del capitalismo japonés, según la cual son los propios operarios los responsables de la producción. La universidad es llamada a producir en dos sentidos: asegurando cantidad (se empieza a calificar la productividad sobre la base de la cantidad de tesis, congresos y publicaciones producidos) y asegurando a las empresas un uso inmediato de las investigaciones que financian. Esta universidad sumisa tiene correspondencia directa con lo que el sindicalismo ya había hecho con los trabajadores: lograr que no critique, que deje de actuar como clase.

--¿Qué consecuencias trajo ese proceso en el interior de la universidad?

--Una profunda degradación. La universidad se va fragmentando, constituyéndose en sectores aislados, sin comunicación. Y empieza a validarse a sí misma dando un valor positivo a la capacitación requerida por el mercado. Los sectores irrelevantes, incapaces, arcaicos y utópicos pasan a ser los que defienden el carácter público de la universidad. Los sectores importantes, modernos, productivos y capacitados (usaban esas expresiones) eran Administración, Química, Medicina, Física e Ingeniería. Las arcaicas y utópicas eran las Ciencias Humanas, Filosofía, Letras.

--¿Cómo analiza los cambios de los 90?

--El neoliberalismo entra de lleno. La nueva definición de universidad la trae un proyecto del BID, en 1996. El "Plan estratégico para universidades de América latina y el Caribe" dice que las universidades son arcaicas, incapaces, demasiado dependientes del Estado. Y que por ellas el Estado descuida la educación básica. Eso es mentira: la enseñanza primaria y secundaria había sido privatizada en los 70. El BID les asigna cuatro funciones a las universidades: centros de excelencia para la investigación a largo plazo y financiados por el Estado; otra de reproducción escolar (formación de nuevos profesores), también con financiación pública; y la formación de profesionales, financiada por las empresas. Ellas determinan las currículas, los programas y qué sectores deben recibir inversión. Si creen que hay que eliminar ciertos sectores, lo hacen. Esto está en proceso hoy.

--¿Y la última función?

--La formación en el cortísimo plazo, en menos de tres años, de técnicos para el mercado. La inversión es enteramente privada. Una vez obtenido el título, y para competir mejor, se le agrega valor haciendo cursos superiores en distintas disciplinas: un semestre de literatura, otro de matemática moderna y otro de introducción a la filosofía.

--¿Qué modelo de universidad resulta?

--Una universidad pensada íntegramente según el modelo de eficiencia del mercado. Funciona como si fuera la administración de una empresa. La única relación que tiene con el mundo exterior es el mercado. Por todo lo demás, se vuelca sobre sí misma, no realiza más ningún trabajo verdaderamente científico, ni cultural, ni crítico. Sólo integra los engranajes de la máquina de capital. Esto está siendo aplicado, con variantes, en todo el mundo.

--Bajo esa hegemonía empresarial, ¿tiene sentido hablar de autonomía?

--Autonomía se torna una palabra perversa que, apropiada por la derecha, es transformada en su negación. Hasta la dictadura, autonomía significaba que la universidad debía organizarse democráticamente, con órganos colegiados y representativos; y que era en sus foros donde se decidían sus políticas. Su relación fundamental no era con el Estado y las empresas, sino con la sociedad. Ahora autonomía queda definida como la capacidad de administrar contratos con el Estado y las empresas. Y, por sobre todo, considerar a la universidad como un organismo con independencia para buscar financiamientos y recursos privados. Lo que fue una bandera de lucha, una definición de un lugar político y social, se transformó en un proceso de inserción en el modelo neoliberal.

--¿Hay alternativas?

--Un poder capaz de hacer todo esto existe porque lo dejamos hacer. Es desesperante ver cómo los estudiantes piensan que la universidad siempre fue así, que ése es su destino natural. La "universidad-mercado" no es una fatalidad, sino una circunstancia histórica. Y podemos decir no. Si se es servil, es porque se quiere serlo, porque se cree que la libertad no vale nada.

Sobre Spinoza y Merlea-Ponty

Con el apoyo de la carrera de Sociología y del Centro Cultural Ricardo Rojas (UBA), Marilena Chauí llegó al país invitada por un grupo de investigadores y docentes de las universidades de Buenos Aires y de Córdoba, estudiosos de la obra del filósofo marrano Baruch de Spinoza (1632-1677). Ayer, tras la presentación del libro Cóncavo y convexo. Escritos sobre Spinoza (compilado por Horacio González y editado por Altamira), Chauí expuso sobre "Etica y política en Spinoza", tema de su último libro. La visita también incluyó una conferencia sobre "Etica, política y violencia", en el Instituto de Literatura de la UBA; la presentación de su libro sobre Merleau-Ponty (recién editado por Colihue); e, incluso, una charla en la CTA. Y hoy llegará al Rojas para hablar sobre "La universidad en la encrucijada". A las 19.30, en Corrientes 2038. La entrada es libre y gratuita.

Reproducido en Argirópolis

Marilena Chauí: Universidade em liquidação

Marilena Chauí: Universidade em liquidação
Marilena Chaui é professora no departamento de filosofia da Universidade de Sao Paulo (Brasil)

Volta à baila uma afirmação que, vira-e-mexe, reaparece na cena política: a da universidade pública paga como "uma questão de justiça social". A novidade, agora, está em considerar-se que tal medida já não corre o risco de impopularidade junto à opinião pública porque a sociedade brasileira, de um lado, teria absorvido a idéia de que o mercado é a "ultima ratio" da realidade e, de outro, será sempre favorável a medidas governamentais que, dizem alguns, tratam de "beneficiar maiorias em detrimento de minorias", mesmo que essas esperneiem com a perda de privilégios.

Essa cantilena populista não é nova. Foi entoada nos anos 70 e 80 com o refrão "os ricos devem pagar pelos pobres". Curiosamente, porém, não a ouvimos quando o governo despejou bilhões para beneficiar bancos e banqueiros, os quais, até prova em contrário, não parecem constituir exatamente a camada dos pobres. Também não a ouvimos nos processos de privatização da saúde e seus planos escorchantes. Nem quando se trata de definir as concessões para as telecomunicações. Por alguma razão insólita, volta e meia, no país dos 10 milhões de desempregados a idéia de começar a justiça social pela cobrança do ensino universitário público parece incendiar corações e mentes. Mais surpreendente ainda é a aparente recepção positiva dessa idéia num país que não consegue acertar a declaração do Imposto de Renda nem taxar as grandes fortunas e que, portanto, não tem como saber legalmente quem são os ricos.

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