Carlos Taibo

Autobiografía

Professor de Ciência Política e, durante anos, director do programa de estudos russos da Universidade Autónoma de Madrid. Autor de sete livros em galego e duma vintena en espanhol. Entre estes últimos os mais recentes som Cien preguntas sobre el nuevo desorden (Suma de letras, Madrid, 2002), Guerra entre barbaries (Suma de letras, Madrid, 2002), Estados Unidos contra Iraq (La esfera, Madrid, 2003) e ¿Hacia dónde nos lleva Estados Unidos? (B, Barcelona, 2004). Colaborador habitual dos diários El País, La Vanguardia, El Correo e El Periódico de Catalunya.

Biblioteca Virtual Galega

Carlos Taibo: Sobre las agresiones que padecen las universidades públicas

Carlos Taibo: Sobre las agresiones que padecen las universidades públicas

El momento en que nos encontramos es singularmente delicado para la enseñanza pública, en general, y para la enseñanza pública universitaria, en particular. Si no somos capaces de articular respuestas convincentes, contundentes e imaginativas contra las agresiones que una y otra padecen, bien podemos asistir a un retroceso cabal que haga que la recuperación sea extremadamente costosa en términos de esfuerzos y de tiempo.

Convengamos en que lo que tenemos que afrontar ahora no es nuevo. Hace mucho tiempo que las universidades públicas padecen agresiones que apuntan en dos grandes direcciones: la mercantilización y la privatización. De ello se han encargado los sucesivos gobiernos populares y socialistas. Importa subrayarlo porque, a mi entender, nuestra respuesta no debe tomar como horizonte la recuperación de un pasado que en modo alguno debemos idealizar, sino, antes bien, la construcción de un futuro muy diferente.

En las universidades públicas son dos, por lo demás, los hitos principales que marcan la situación actual. El primero lo configura, cómo no, el llamado plan de Bolonia, que en todos sus elementos se ha subordinado a ese doble objetivo, ya mencionado, de la mercantilización y la privatización. Si Bolonia fue aprobado en un momento de relativa holgura presupuestaria, su aplicación se ha verificado, en cambio, en un escenario de visibles estrecheces económicas. El efecto final ha sido que, lejos de dar satisfacción de sus metas mayores, se ha traducido ante todo en una formidable expansión del caos en las universidades. Éstas no están formando esos licenciados sumisos y tecnocratizados que se esperaban, de la misma suerte que las empresas privadas no han hecho su aparición, como se preveía, en los campus. En alguna ocasión he manejado la intuición de que Bolonia ilustra de forma fehaciente la corrosión terminal del capitalismo: si éste exhibiese su vitalidad del pasado, habría tenido la inteligencia de frenar, en espera de mejores tiempos, la aplicación del plan. Alguien sentirá la tentación de subrayar, bien es cierto, que en los hechos Bolonia no es sino un primer paso en un camino que debe abocar en la definitiva implantación de la llamada Estrategia Universidad 2015, con una plena entronización del beneficio y de los intereses del sector privado, al que correspondería incluso la designación de los máximos responsables universitarios, y con una formidable operación de desvío de recursos hacia universidades, de nuevo, privadas.

El segundo hito lo configuran, claro, los recortes de los últimos tiempos. Como es sabido, son el resultado de una genuina nacionalización de la deuda privada --pagaremos todas lo que hicieron, en su descarado provecho, unos pocos--, la segunda se ha traducido en el firme de designio de no distinguir entre deuda legítima y aquélla que no lo es. Tomémonos la molestia de identificar las principales secuelas de los recortes aprobados.

(a) Se han producido, en primer lugar, subidas notabilísimas en las tasas que afectan a los grados y a los posgrados universitarios. Por lo que a los primeros se refiere, conforme a los datos que maneja la plataforma de trabajadores de la UAM, y por proponer un ejemplo, en el caso de las Humanidades el incremento de la matrícula ha conducido ésta desde 840 a 1.280 euros entre el curso anterior y el presente; la subida ha sido de un 52%. Los aumentos operados en las Ingenierías son del orden del 30%, de un 28% en las Ciencias Experimentales y de un 24% en Medicina, Enfermería y Nutrición. Más inquietante es, si cabe, la elevación en el coste de la segunda y de las sucesivas matrículas: si en un grado de Ciencias Sociales la tercera matrícula costaba 1.440 euros el curso pasado, en éste reclamará 4.300.

Por lo que respecta a los posgrados, el escenario presente está bien alejado de los ‘precios públicos’ que se prometían años atrás. Si en el caso de los de Profesorado e Idiomas las tasas han pasado de 1.553 a 2.100 euros, en el de las Ingenierías la subida lo ha sido desde 1.975 a 2.580 euros. Y ojo que hay posgrados más caros, toda vez que las sumas anteriores se refieren a los de 60 créditos: los costes son muchos más onerosos cuando hablamos de posgrados de 90 o 120 créditos. Para que nada falte, aún más espectaculares han sido las subidas de tasas que están llamadas a padecer los alumnos extranjeros: los 1.534 euros que costaban los 60 créditos del máster de Estudios Hispánicos de la UAM se han convertido nada menos que en 10.000.

Conviene situar los datos que acabo de manejar en un orden de cosas preciso: cuando muchos alumnos, agobiados por la crisis, tienen por lógica que asumir obligaciones --no precisamente agradables-- en el ámbito laboral, el escenario que se les impone es mucho más duro e ingrato, algo particularmente apreciable al calor de las subidas experimentadas por las segundas o terceras matrículas, y del descenso dramático en el número y en la cuantía de las becas, con graves efectos en materia del ya de por sí descafeinado principio de igualdad de oportunidades.

(b) Estamos asistiendo, en segundo término, a lo que a menudo son rescisiones masivas de contratos de profesores y de personal administrativo y de servicios, en un marco en el que las jubilaciones, por añadidura, no se amortizan. En este orden de cosas hay que preguntarse por el nulo porvenir laboral de los profesores no funcionarios y por el futuro, inquietante, de los investigadores Ramón y Cajal y Juan de la Cierva. Los retrocesos, dramáticos, experimentados por el gasto en investigación y desarrollo anuncian un panorama muy delicado en este terreno.

(c) Una tercera manifestación de los recortes afecta, como es sabido, a los salarios, objeto de sensibles reducciones, y a las jornadas laborales, con frecuencia prolongadas, en un escenario de extensión palpable de la precariedad.

(d) Todo lo anterior se ha visto acompañado, en suma, por lo que es una general expansión de las políticas de privatización de servicios enteros.

Si tengo que mal resumir lo que acabo de señalar, creo que servirán cinco ideas básicas. Son éstas: 1. Estamos asistiendo a agresiones sin cuento contra el principio de igualdad de oportunidades, llamadas a dañar gravemente los derechos de dos generaciones de conciudadanos. 2. La cacareada ‘apertura a la sociedad’ de la que presumen nuestros gobernantes no es otra cosa que una apertura a los negocios de las empresas privadas: los beneficios se hallan claramente por encima de la formación humanística, crítica e integral de las personas. 3. Todas las medidas adoptadas se han desplegado en ausencia de procedimientos democráticos de discusión: la imposición es la regla general que abrazan los responsables del Ministerio de Educación. 4. Se está haciendo valer una vulneración permanente de la autonomía universitaria. El ministro Wert no sólo señala cuánto hay que recortar: se empeña en explicar puntillosa y obsesivamente en dónde deben producirse los recortes. 5. El propósito de las medidas alentadas por el Gobierno español, y en su caso por los Gobiernos autonómicos, no es, con toda evidencia, hacer frente al pago de la deuda: de lo que se trata es de cambiar, con esa excusa, el modelo de la enseñanza pública, y en particular el de la universitaria, y de hacerlo, naturalmente, en provecho de la mercantilización y de la privatización más descarnadas. Éste es el panorama que nos obliga a reaccionar de manera convincente, contundente e imaginativa.

Nuevo Desorden, 13/09/12

Carlos Taibo: Las universidades y el 15-M

Carlos Taibo: Las universidades y el 15-M

En mayo y junio, el momento en que vio la luz el 15-M, las universidades como tales -también, por cierto, los institutos de secundaria- permanecieron genéricamente al margen de la constitución de aquél. Asumamos de buen grado que las fechas en cuestión, que eran también las de muchos exámenes, no configuraban al respecto el escenario más estimulante.  Ello fue así aun cuando en las filas del movimiento naciente había con toda evidencia much@s estudiantes universitari@s, como había muchas gentes que habían dejado la universidad poco tiempo antes.

Parece que ahora, llegado el otoño, es el momento de  recuperar el pulso en las universidades. No se olvide que en éstas sobran los problemas. Estoy pensando en las secuelas, ya fácilmente perceptibles, de un activo proceso de mercantilización y privatización, en el caos generado por la aplicación del infumable plan de Bolonia o, en fin, en lo que se barrunta detrás de la incipiente Estrategia Universidad 2015. Esta última contempla, ni más ni menos, la masiva incorporación de nuevos proveedores, privados, de recursos, la desaparición, o al menos la remisión, de la funcionarización, el énfasis en el negocio antes que en el rigor académico y el aprestamiento de gobiernos universitarios no elegidos democráticamente, sino impuestos, una vez más, desde el sector privado. 

En la universidad en la que trabajo, la Autónoma de Madrid, hemos decidido tomar cartas en el asunto y convocar, para finales de este mes de septiembre, una primera asamblea del 15-M local. En ella está llamado a participar todo el mundo: alumn@s y profesores, emplead@s de las cafeterías y personal administrativo, trabajadores de la limpieza y, por qué no, l@s propi@s ancian@s de la residencia vecina. Ya sé que una iniciativa de esta naturaleza suscita alguna polémica, en la medida en que no se inserta de manera fácil en el esquema de organización por barrios y pueblos del que ha decidido dotarse, con innegable sabiduría, el 15-M. Creo que salta a la vista, sin embargo, que hay numerosos elementos singularizadores de la vida universitaria que aconsejan su tratamiento desde organizaciones del movimiento también singularizadas. Como creo que al 15-M no le viene mal recibir un nuevo empujón hacia adelante. 

Me gustaría que estas líneas sirviesen para animar a muchas de las gentes que están asqueadas con lo que ocurre en las universidades e invitarles a buscar vías de respuesta enérgica. Bueno sería, entonces, que iniciativas como la que hemos decidido acometer en la Universidad Autónoma de Madrid se extendiesen a todas las universidades públicas. Sería una buena noticia para quienes peleamos por que el 15-M se convierta en una omnipresente instancia de asamblea y autogestión que conteste el capitalismo en todos los órdenes, y que lo haga desde la lucha antipatriarcal, desde la solidaridad con las generaciones venideras y desde el compromiso con los pueblos del Sur.

La República, 16/09/11

Carlos Taibo: Nada será como antes

Carlos Taibo: Nada será como antesCarlos Taibo: Nada será como antes
Catarata. Primera edición, junio, 2011

Papá, ¿por qué si están indignados están contentos? Preguntó una nena de 6 años que acompañaba a su padre en una de las muchas asambleas del 15M…

Todos nos hemos hecho la misma pregunta y nuestro corazón y nuestra razón solo tiene algunas respuestas para tamaña paradoja. Los del 15M están indignados, como dice Carlos Taibo en “Nada será como antes”, por “lo que supone la clase política, la extensión de los casos de corrupción, la estéril escenificación de aparentes confrontaciones entre los grandes partidos, la certificación de que los bancos y las corporaciones económico-financieras no dejaban de ganar dinero mientras recibían cuantiosos recursos públicos, una legislación laboral que producía sonrojo y, en fin, las secuelas de medidas de ajuste traducidas en recortes en derechos sociales, en la educación y en la sanidad. No es difícil arribar a la conclusión de que, con estos antecedentes, fueron muchos los ciudadanos comunes que sintonizaron rápidamente con el movimiento que nacía”.

A estas razones de peso, añade el autor otros factores que están poniendo en evidencia las perversiones del modelo: el caos que reina en las universidades como consecuencia de los “procesos de privatización y mercantilización de la universidad pública” y la aplicación de un plan como el de Bolonia “ en un escenario de notables estrecheces presupuestarias” y la campaña electoral “en la que muchos apreciaron no escenificaba otra cosa, como tantas veces en el pasado, que la variedad del discurso de políticos y partidos”.

Si estas razones han sido el caldo de cultivo que ha generalizado las movilizaciones, “tuvo también relieve, claro que sí, el eco simbólico de la revuelta árabe.” Las manifestaciones en Túnez y en El Cairo son “dos ejemplos entre varios, producto del trabajo de activos movimientos sociales, de las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías y de una apreciable espontaneidad”.

Además de, como señala Taibo, “el trabajo de años, de decenios, de los movimientos sociales críticos y de muchas instancias acompañantes”… “sin este trabajo lo ocurrido el 15 de mayo y en las jornadas posteriores hubiera sido literalmente impensable”…”no nos equivocamos cuando como hormiguitas, seguíamos acumulando alimento para el futuro”, concluye.

Entonces, ¿Por qué es alegre el espíritu que emerge de las movilizaciones del 15M?

Con palabras del autor, escritas en la mañana del domingo 22 de mayo: “Proyecto y vocación de futuro no les falta. Impresiona, por lo demás, la madurez de estas gentes, en su abrumadora mayoría jóvenes, su conciencia muy asentada, la propuesta rotunda por el poder en la base… y, con frecuencia, el despliegue orgulloso de una visión radical de las cosas, sin panfletos ni discursos barrocos. Es un escenario en el que nada está decidido de antemano y la asamblea es plenamente soberana, nadie echa de menos –parece- ningún comité central que imparta doctrina.”

Esta obra apresurada de Carlos Taibo recoge la crónica, desde dentro, de lo que está suponiendo el movimiento y su proyecto de consolidación de las asambleas de los barrios y pueblos. Como dice el autor, “poco sé de lo que el futuro nos va a deparar. Aunque los escépticos predominan, bueno será que subrayemos que el 14 de mayo no dábamos un duro por las movilizaciones que se anunciaban. Que lo vamos a tener difícil –ya lo he señalado- es evidente. Casi tanto como que se abre un escenario nuevo, claramente mejor que el de antes de ayer.”

Datos del autor

Carlos Taibo es un activista que trabaja en los movimientos sociales críticos. Ejerce también como profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Sus últimos libros son Contra los tertulianos (Los Libros de la Catarata), Libertari@s (Del Lince), Estado de alarma (Los Libros de la Catarata) y El decrecimiento explicado con sencillez (Los Libros de la Catarata).

Tendencias 21, 22/06/11

Carlos Taibo: Dos diagnósticos sobre la crisis

Carlos Taibo: Dos diagnósticos sobre la crisis

En el seno de la izquierda que quiere resistir se hacen valer dos visiones muy distintas en lo relativo a la condición de la crisis que nos atenaza por todas partes. Esas dos visiones difieren sustancialmente a la hora de evaluar el grado de corrosión del capitalismo y lo hacen también cuando llega el momento de atribuir o no un relieve decisivo a la dimensión ecológica de la crisis en cuestión. Como es fácil intuir, remiten, en fin, a percepciones dispares en lo que respecta a cuáles son las tareas principales que debemos acometer.

1. La primera de esas visiones —la que hago mía— parte de la certeza de que el capitalismo, en un estado de corrosión terminal, ha perdido dramáticamente los frenos de emergencia que en el pasado, y en diversas circunstancias, le permitieron salvar la cara. No sólo eso: ha dejado de ser el sistema eficiente —explotador, injusto y excluyente, sí, pero al tiempo eficiente— que fue en el pasado. Y es que lo que ahora está en juego no es sólo la dimensión de explotación históricamente vinculada con la lógica del capitalismo: a esa dimensión se suman las secuelas de un sistema que, de siempre depredador y despilfarrador, ha acabado por lesionar gravemente los derechos de las generaciones venideras. Así las cosas, el crecimiento económico del que nuestros patéticos gobernantes se reclaman se acompaña de retrocesos dramáticos en materia de cohesión social, de agresiones medioambientales sin cuento, de activos procesos de agotamiento de los recursos y de fórmulas inéditas de feroz explotación de los países pobres. Todo lo anterior es fácil de percibir una vez se le otorga un significado múltiple a la palabra ’crisis’ y se elude la rápida y mecánica identificación de ésta con lo ’financiero’ para incorporar una consideración seria de fenómenos tan lacerantes como el cambio climático, el encarecimiento inevitable de los precios de la mayoría de las materias primas energéticas que empleamos, el deterioro planetario de la condición de las mujeres o la prosecución del expolio de los recursos humanos y materiales de los países del Sur.

Carlos Taibo: Bolonia en el aula

Carlos Taibo: Bolonia en el aula

En los últimos cursos se está aplicando en nuestras universidades el llamado plan de Bolonia. Aunque tengo el firme convencimiento de que, a tono con las políticas que desde hace un par de decenios alienta la UE, Bolonia atiende al propósito de mercantilizar y privatizar, hasta donde sea posible, la vida de la universidad pública, lo que en estas líneas me interesa no es eso, sino el efecto que en el aula tiene el plan correspondiente.

Antes de entrar en materia, dos precisiones. Si la primera me invita a recordar que la aplicación del plan de Bolonia se ha solapado en los hechos con una crisis general, la segunda aconseja huir de las verdades absolutas: lo que acaso es un desastre en un ámbito preciso - los cursos iniciales, determinado tipo de estudios - puede no serlo en otros, en el buen entendido de que, y en un terreno próximo, uno de los problemas mayores que arrastra el plan de Bolonia es su firme designio de aplicar las mismas reglas a realidades que, por lógica, se antojan muy dispares, con consecuencias no precisamente saludables.

Para el lector poco ducho en estas cosas, explicaré que la docencia que Bolonia preconiza en los cursos ordinarios de las carreras universitarias plantea tres elementos: las clases magistrales, los seminarios y las tutorías.

Cabe entender que las primeras, las clases magistrales, son la única huella de la vieja enseñanza sometida a revisión. El propio término que se suele emplear para describirlas arrastra un retintín peyorativo, forjado en la idea de que en el pasado todos los profesores eran igual de malos y todas las clases ordinarias igual de perversas. Bolonia ha sido el último eslabón de un largo proceso de reducción del tiempo de docencia vinculado con estas clases. Si 20 años atrás una asignatura reclamaba 80 horas de docencia, la irrupción de las asignaturas cuatrimestrales redujo a 40 esas horas. Bolonia ha colocado estas en unas escuetas 20, con una consecuencia obvia: el profesor, lejos de atender a lo que debiera, está más pendiente de encajonar en 90 minutos lo que antes podía encarar con mucha más holgura. Así las cosas, no parece que sea ésta una réplica razonable ante los problemas que acosaban a muchas clases magistrales, tanto más cuanto que al cabo quien paga el pato es el alumno, obligado a afrontar clases más densas - esta es una explicación importante de por qué en términos generales la imagen que el alumno tiene de la universidad se ha ido deteriorando - y privado de la posibilidad de resolver in situ sus dudas o de plantear sus objeciones.

Carlos Taibo: Menos mal que nos queda el AVE

Carlos Taibo: Menos mal que nos queda el AVE
Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

Que el cacareado compromiso del Gobierno español con los derechos sociales era pura retórica y que su aceptación del credo neoliberal, antes como ahora, no muestra fisuras, lo sabíamos desde tiempo atrás. Por ello hoy sobran las razones para dejar un momento el presente y volcar nuestra atención en un futuro marcado por la zozobra. Una buena guía para hacerlo la ofrecen las declaraciones que algunos presidentes autonómicos, de dispar adscripción partidaria, han realizado en los últimos tiempos. Creo que no las distorsiono cuando las resumo así: no me importa que se cancelen todas las demás inversiones, siempre y cuando no me toquen las destinadas a la alta velocidad ferroviaria.

Semejante opción tiene su miga en un momento en el que, por plantear la cuestión en sus dos grandes dimensiones, la situación social ha experimentado un visible deterioro y los derechos de las generaciones venideras –vía agresiones medioambientales y agotamiento de recursos– se hallan en peligro. Nada retrata mejor la sinrazón de nuestros gobernantes, tirios y troyanos, que esa lamentable huida hacia adelante que invita a concluir que resolveremos muchos de nuestros problemas si llegamos de Santander a Madrid en dos horas y media.

Así las cosas, lo suyo es que examinemos qué es lo que, en ámbitos varios, acarrea la alta velocidad ferroviaria, una cabal metáfora de las miserias que tenemos entre manos. Bueno será que empecemos con el recordatorio del destrozo medioambiental que provoca la construcción de las líneas correspondientes, nunca tomado en consideración, por cierto, en los cálculos de coste y beneficio que se nos ofrecen por doquier. En un terreno próximo, no está de más agregar que la irrupción de las nuevas líneas de alta velocidad no se ha saldado en el retroceso augurado en los transportes aéreo y por carretera, capaces de ofrecer a menudo tarifas más baratas. Aunque la alta velocidad ferroviaria reclama un consumo de energía menor que el que exige el avión, se impone recordar que un tren que se mueve a 300 km por hora consume nueve veces más energía que otro que lo hace a 100. No nos encontramos, pues, ante ninguna bicoca energética –tanto más cuanto que no es la que nos ocupa la mejor fórmula para lidiar con el transporte de mercancías– y sí ante un medio de transporte visiblemente dilapidador de recursos cada vez más escasos.

Hora es esta de subrayar, en paralelo, algo fácil de comprobar: entre nosotros, la construcción de nuevas líneas de alta velocidad se ha solapado en el tiempo con el cierre de muchas de las líneas del ferrocarril convencional.

Carlos Taibo: Sobre al programa de ajuste de los socialistas españoles

Carlos Taibo: Sobre al programa de ajuste de los socialistas españoles

1. El programa de ajuste que el Gobierno español ha acabado por acatar es una prueba fehaciente de que la situación de la economía del país era mucho peor que la que retrataban, frívolamente, los discursos oficiales. Como quiera que el programa en cuestión en mucho recuerda al que se halla en curso de aplicación en Grecia, hay que reconocer a los gobernantes españoles, con todo, una excelsa habilidad a la hora de esquivar la imagen, plenamente razonable, de que la situación que nos acosa es muy similar a la que se ha revelado, con formidable eco mediático, en Grecia.

2. Es fácil comprobar cómo en los últimos años, cuando el Partido Socialista, en el Gobierno, ha decidido asumir alguna medida de peso, siempre lo ha hecho desde la lógica del respeto a la superstición neoliberal y a la desregulación que la acompaña. Aunque, claro, no sólo se trata de eso: hasta el más tonto se ha percatado ya de que quienes van a pagar los desperfectos generados por el plan de ajuste no son, en modo alguno, quienes nos han conducido a un escenario muy delicado. Hora es ésta de recordar lo infrecuente que es encontrarse con algún empresario que, al tiempo que lamenta los sinsabores del momento presente, tenga a bien recordar los formidables beneficios que, con descaro y sin control, muchos acumularon hace unos pocos años.

3. Salta a la vista, de cualquier modo, que los esfuerzos que nuestros gobernantes han asumido en los últimos días para recortar el gasto público no hubieran tenido que realizarse si en su momento hubieran decidido frenar con energía la especulación bursátil y la burbuja inmobiliaria, hubieran rehuido las impresentables fórmulas de rescate, con dinero público, de entidades financieras al borde de la quiebra, hubieran evitado ese no menos impresentable programa de ayudas estatales a la adquisición de automóviles privados, se hubieran inclinado por aplicar la tijera al gasto militar o, en fin, y por cerrar una lista que bien podría ser mucho más amplia, no hubiesen suprimido el impuesto sobre el patrimonio.

Carlos Taibo: "El virus del neoliberalismo está muy metido en el PSOE"

Carlos Taibo: "El virus del neoliberalismo está muy metido en el PSOE"
"Vivimos cerrando los ojos como si los problemas se fueran a resolver por sí solos"

Es profesor de Ciencia Política en la Autónoma de Madrid. En sus ensayos puede hablar de globalización, de terrorismo y su instrumentalización, de la crisis europea, del Este o del crecimiento sin sentido, pero lo que le distingue esencialmente es ser una de las voces más nítidas del movimiento anticapitalista. Piensa que la crisis económica es la menos importantes de todas las crisis que nos toca vivir. Viaja casi siempre en autobús, con la mochila cargada de fragmentos de realidad y una buena lupa para saber mirarlos. Estuvo en el Club FARO.

Didáctico en sus explicaciones, moviéndose en un perfecto gallego en sus respuestas, Taibo muestra un cierto pesimismo en ellas. “Ayer me dijo alguien que era catastrofista - dice él- . Ojalá esté equivocado pero yo creo que las cosas van mal porque va mal el planeta. Hay datos muy delicados a los que no les damos respuestas convincentes. Parece que vivimos cerrando los ojos como si los problemas se fueran a resolver por sí mismos.

-¿Qué diría usted, antes de nada, de la crisis económica?


- Que desde hace diez años muchas voces llamaron la atención de que esto iba a pasar pero nuestros gobernantes, populares o socialistas, decidieron darle la espalda a esos pronósticos.

Carlos Taibo: ¿Para esto el Tratado de Lisboa?

Carlos Taibo: ¿Para esto el Tratado de Lisboa?

En los últimos meses no han sido pocas las voces que, conocedoras de lo que se cuece en la Unión Europea, han expresado su recelo ante un argumento mil veces repetido: el que llama la atención sobre las presuntas bondades del Tratado de Lisboa en lo que se refiere a acrecentar la agilidad y la eficacia de unas instituciones hasta hoy más bien mortecinas. Para muchas de las voces que nos ocupan, y por decirlo rápido, el tratado ha llegado demasiado tarde en un escenario en el que han surgido de por medio nuevos y acuciantes problemas.

Lo cierto es que las semanas transcurridas desde la entrada en vigor del Tratado de Lisboa no han aportado savia nueva a una Unión Europea que sigue tan cabizbaja como antes. Basta con echar una ojeada a los nombramientos de las dos figuras –Herman van Rompuy y Catherine Ashton– que encabezan la UE en estas horas para percatarse de que poco hay que huela a un renovado impulso que rescate a la Unión de su crisis. Aunque hay quien aducirá, con respetable razón, que la ausencia de figuras de primer orden en Bruselas bien puede ser una buena noticia –nos alejará, sin ir más lejos, de políticas marcadas por irrefrenables designios personales–, el problema de fondo parece, en realidad, otro: la Unión Europea de estas horas no tiene resuello para encarar ninguno de los grandes retos que debe afrontar, algo que convierte en anécdota los nombres de quienes encabecen unas u otras instituciones.

El primero de esos retos inabordables lo configura un inquietante alejamiento entre políticos y tecnócratas, por un lado, y ciudadanos de a pie, por el otro. Sobran las razones para aducir al respecto que se ha acabado un idilio de años. Las trampas vinculadas con la ratificación del viejo tratado constitucional y con el propio Tratado de Lisboa han dejado una huella imperecedera a la que se suma una circunstancia más: el chalaneo permanente al que se entregan desde hace tiempo liberales, conservadores y socialistas ha cancelado en los hechos muchos de los elementos de vivacidad que, al calor de la competición y la oposición, dan aire a tantos sistemas políticos.

Carlos Taibo: El Foro Social Mundial en crisis

Carlos Taibo: El Foro Social Mundial en crisis

Que el Foro Social Mundial (FSM) está en crisis es un secreto a voces. La principal de las explicaciones al respecto parece obvia: aunque los diagnósticos que desde el FSM se han formulado en lo relativo al derrotero del planeta han demostrado ser puntillosamente certeros, mientras la corrosión del capitalismo va a más, la capacidad de los movimientos para articular respuestas efectivas sigue siendo reducida. Y ello es así pese a que, del lado de aquellos, hay una conciencia clara en lo que se refiere al hecho de que la corrosión no afecta sólo al neoliberalismo, sino que alcanza, antes bien, al propio capitalismo como un todo.

Es verdad, claro, que la crisis del Foro Social Mundial tiene otra dimensión que afecta a la propia condición del proyecto. Desde bastante tiempo atrás se ha subrayado, con buen criterio, que las reuniones que han ido celebrándose en lugares del sur del planeta –así, Porto Alegre, Mumbai o Nairobi– en los hechos daban más cancha a los santones intelectuales y a los activistas del norte que a las propias redes de los países pobres. No sólo eso: esas reuniones han acabado por ofrecer un espacio muy goloso para que fuerzas de la izquierda tradicional –incluida la socialdemocracia más rastrera– encontrasen un eco que a buen seguro no merecían. Al final, el panorama ha resultado ser un tanto lamentable: las mismas fuerzas que en el trabajo sórdido y poco vistoso de cada día están dramáticamente ausentes se han servido a menudo del repetidor del FSM para aparentar, durante unas horas, lo contrario.

Carlos Taibo: Belém frente a Davos

Carlos Taibo: Belém frente a Davos
Carlos Taibo es  Profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

Los últimos días de enero son, desde un tiempo atrás, el momento en que se enfrentan dos visiones del mundo y de sus problemas: si la primera se revela en un cónclave paraoficial, en Davos, la segunda, el Foro Social Mundial, ha aterrizado este año en la ciudad brasileña de Belém.

Era inevitable que, como van las cosas, las dos reuniones se hiciesen eco de una crisis que está en todos los labios. En Davos, por lo pronto, hemos podido escuchar qué es lo que nos cuentan –luego de pagar los 40.000 euros por cabeza preceptivos para asistir a la reunión, una suma muy superior a la que ingresa a lo largo de toda su vida la mitad de la población del planeta– los adalides del capitalismo, repartidos, si así se quiere, en dos bandos. El primero bebe de la odre neoliberal y en los hechos se contenta con sugerir que hay que cancelar algunos abusos que han despuntado en los últimos tiempos. A estas alturas distinguir el neoliberalismo de los abusos acompañantes se antoja, sin embargo, tarea propia de necios, tanto más cuanto que el capitalismo realmente existente, incapaz de resolver sus problemas, promueve con descaro impresentables operaciones de reflotamiento de empresas realizadas con el dinero de todos.

Pese a las apariencias, a la segunda percepción, la keynesiana, no le va mucho mejor. Recuérdese que los socialdemócratas de estas horas, tras acatar durante decenios la vulgata neoliberal, están pagando los platos rotos de la mano de restricciones presupuestarias sin cuento. No es eso, con todo, lo importante: los keynesianos de las últimas hornadas ignoran palmariamente que el planeta arrastra inapelables límites medioambientales y de recursos. Cuando apuestan a la desesperada por tirar del consumo, cuando se inclinan por acometer la construcción de faraónicas infraestructuras que nadie sabe quién podrá emplear dentro de unos pocos años –tras la subida inevitable, antes o después, los precios de la energía–, retratan bien a las claras los vicios del cortoplacismo que nos inunda. Sólo los más ingenuos creen, entre tanto, que semejante huida hacia adelante encontrará su freno al amparo de un keynesianismo verde que, hablando en serio, no se vislumbra en lugar alguno.

Carlos Taibo: Energía: lo público y lo privado

Carlos Taibo: Energía: lo público y lo privado
Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de Bakeaz

Quiere uno creer que entre nosotros va ganando terreno, paulatinamente, la conciencia de que el planeta no da para más. De resultas, la idea de que debemos tomarnos en serio la perspectiva de reducir los niveles de consumo y desdeñar las presuntas virtudes del crecimiento económico se impone en paralelo con la búsqueda incipiente de otras formas, más benignas y austeras, de organización de nuestras sociedades.

Hay quien dirá, en un argumento respetable, que la sensibilidad en lo que hace a estas cuestiones ha alcanzado incluso, siquiera sea livianamente, a nuestros gobernantes. Bastará con invocar al respecto el designio, formulado días atrás por el ministro de Industria, y al parecer no acompañado - bien es cierto - de medidas precisas, en el sentido de acometer una reducción de un 10% en el gasto energético de la maquinaria política y administrativa que dirige.

Se antoja extremadamente llamativo, sin embargo, que la certificación de que despilfarramos energía que se sigue, inevitablemente, de la decisión impulsada por el señor Sebastián en modo alguno conduce a trasladar a la ciudadanía el mensaje de que debe asumir, también, un cambio significativo en su conducta ante estos menesteres. Si uno quiere ser puntilloso estará obligado a reconocer que lo que acabo de señalar tiene, con todo, una excepción aparentemente relevante en la forma de las constantes recomendaciones que nuestros gobernantes han formulado, en los últimos años, en lo que atañe a la necesidad imperiosa de reducir el consumo de agua. No debe perder de vista el lector, sin embargo, que la excepción que nos ocupa se sitúa en un terreno muy singular, que en los hechos - parece - la anula como tal: la mayoría de los trechos de la economía del agua tienen un carácter público, o parapúblico, de tal suerte que la presencia de los intereses privados en el mercado correspondiente es a la postre menor.

Carlos Taibo: ¿Maldita Irlanda?

Carlos Taibo: ¿Maldita Irlanda?
«Si, como tantos temen, el Tratado de Lisboa sale, pese a todo, adelante, pronto se hará evidente que la distancia entre ciudadanos y elites políticas en la UE empieza a ser inquietantemente alarmante»

En las jornadas anteriores a la celebración del referendo irlandés sobre el llamado Tratado de Lisboa la plaga de nuestros opinadores se ha agarrado a dos clavos. Si, por un lado, nuestros todólogos han señalado que las razones que parecían inducir a muchos irlandeses a rechazar el texto en cuestión remitían a perspectivas mentales y horizontes ideológicos extremadamente dispares, por el otro han aducido hasta la extenuación que no parecía razonable aceptar que lo que decida un país pequeño, poco poblado y nada relevante determine lo que en el futuro ha de ser la Unión Europea.

A decir verdad, nada mayor hay que oponer, en sentido estricto, a esas dos afirmaciones, y ello por mucho que sea posible -que sea indispensable- darles algún revolcón. Y es que, y para empezar por la primera, lo suyo habría sido que nuestros opinadores hubiesen tenido a bien recordar que también son extremadamente dispares las razones que han invitado a tantos a respaldar el texto aprobado en Lisboa. No sólo eso: la idea de que los detractores del tratado son por definición gentes fuera del mundo, dramáticamente desinformadas y egoístas, tiene poco sustento: en esto de la desinformación más bien parecen despuntar los partidarios de aquél, por lo general dóciles ciudadanos dispuestos a acatar lo que dan por bueno las cúpulas dirigentes de los partidos con los que se alinean.

Por lo que a la segunda de las afirmaciones se refiere, lo que debe certificarse es un sorprendente silencio: Irlanda es el único Estado de la Unión Europea que ha organizado un referendo con respecto al Tratado de Lisboa. Si alguien se pregunta por qué los demás no han seguido un camino similar, la respuesta parece sencilla: porque a los diferentes gobiernos, o a la mayoría de ellos, les sobran las razones para concluir que, a manera de lo que acaba de ocurrir, perderían esas consultas. No está de más agregar, claro, que Irlanda ha sido en el último decenio la niña bonita de la UE, el país en el que ésta parece haber operado los mayores prodigios. Si el tratado ha naufragado allí donde más lógico habría sido que los ciudadanos se declarasen hechizados por todo lo que llega de Bruselas, ¿qué es lo que no estará llamado a ocurrir en los muchos lugares en los que la UE realmente existente se percibe con menos entusiasmo? Es urgente que, en un escenario como éste, de franca e interesada simplificación, escapemos a los muchos lugares comunes que nos acosan. Así, y en primer lugar, bueno será que nuestros todólogos dejen de demonizar a los detractores del Tratado de Lisboa, y dejen, en particular, de colgarles el sambenito de antieuropeos: el tiempo dirimirá quién es quién. En segundo término, hay que plantar cara a la sugerencia, por momentos omnipresente, de que lo razonable y lo democrático es garantizar que la ratificación del Tratado de Lisboa se produzca vía parlamentos. O lo que es lo mismo: conviene colocar en su sitio a quienes, con lamentable descaro, sostienen que los referendos configuran un camino torcido a la hora de tomar las decisiones importantes.

A algunos nos gustaría certificar -dicho sea de paso- que el paseo militar que el patético referendo español de febrero de 2005 supuso sería literalmente impensable hoy, con una opinión pública, la nuestra, que pese al ejercicio de desinformación y manipulación al que se han entregado la mayoría de nuestros medios, parece haberse percatado, bien que tarde, de que no es oro todo lo que reluce en esta Unión Europea firmemente decidida a alentar la semana de ciento cincuenta horas.

Bueno será que denunciemos, en suma, cualquier intento de repetir el triste espectáculo al que hemos asistido desde que la mayoría de los franceses y de los holandeses rechazaron, en la primavera de 2005, el Tratado constitucional: sólo en virtud de un ejercicio de cinismo malsano puede afirmarse, en singular, que el texto sobre el que se han pronunciado los irlandeses es diferente del que rechazaron galos y neerlandeses. En paralelo, hay que asumir sin dobleces que el texto aprobado en la capital portuguesa el pasado otoño no es ese dechado de perfecciones que tantos aprecian y merece dormir, por un sinfín de motivos, en un cajón lateral de la mesa de algún alto funcionario de esos propicios a aceptar las presiones que emanan de algún lobby transnacional.

Empeñarse en promover con argucias y malas artes el texto que muchos irlandeses acaban de rechazar se antoja, por cierto, pan para hoy y hambre para mañana. Y es que si, como tantos temen, el Tratado de Lisboa sale, pese a todo, adelante, pronto se hará evidente que la distancia entre ciudadanos y elites políticas en la UE empieza a ser inquietantemente alarmante.

Diario Vasco, 14/06/08

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Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

Sorprende sobremanera el silencio con que, al menos entre nosotros, se está obsequiando al referendo que, relativo al tratado de Lisboa, debe celebrarse el 12 de junio en Irlanda. Tiene uno derecho a alimentar la sospecha de que al respecto pueden invocarse como poco dos explicaciones mayores: si la primera sugiere que, con incontenible frivolidad, se da por descontado el resultado, la segunda apunta que, vistos los antecedentes, se asume sin dobleces que un eventual ’no’ irlandés tendrá pronta, eficaz y contundente respuesta de la mano de una u otra argucia.

Lo cierto es que las encuestas que han ido difundiéndose en las últimas semanas invitan poco a las certezas. Aunque en primera instancia se daba por seguro que el tratado de Lisboa iba a disfrutar de un general apoyo en Irlanda, las posiciones críticas con respecto a aquél han ganado terreno de manera llamativa, y ello hasta el punto de que ningún analista serio se atreve en estas horas a vaticinar el resultado del referendo. Esto es tanto más significativo —conviene subrayarlo cuantas veces sea preciso— cuanto que sobre el papel Irlanda es el país de la Unión Europea que, en los últimos lustros, mayor provecho ha sacado de la pertenencia a ésta. Son muchos los estudiosos que, acaso con poco distanciamiento crítico ante un proceso que exhibía numerosos dobleces, se han acostumbrado a hablar —no lo olvidemos— del ’milagro irlandés’.

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