Raúl E. Cuello: El
neoliberalismo, una ideología contraria al equilibrio social
Doctor en Ciencias Económicas, UNBA, 1959. Master de Economía, Universidad
de Columbia, 1964. Ex-Director de la DGI. Ex-Subsecretario de Ingresos Públicos.
Profesor Ordinario Titular de Economía, UCA, desde 1965.
1.
A modo de recordatorio
Parecía
que había muerto con la crisis de 1929 y que alguien se había olvidado de
otorgarle su certificado de defunción. Colocó al sistema capitalista al borde de
su extinción, de la que fue salvado por el resurgimiento de la ideología clásica
aggiornada por J.M. Keynes. Resucitó de la mano de R. Reagan y M. Thatcher en la
década de los setenta. Debería pensarse que, a partir de la crisis del Brasil, y
no obstante el apoyo que recibe de los centros financieros, ha llegado el
momento de efectuar las exequias del neoliberalismo.
De
concepción monetarista, privilegiante de las variables monetarias por sobre las
que se vinculan con la economía real, ingresó con fuerza en los países
emergentes en el marco de la denominada globalización, concepto que en realidad
se refiere a la nueva frontera ideológica que se consolida luego de la implosión
soviética. Sin embargo, sus impulsores y defensores no advirtieron o no
quisieron advertir la flagrante contradicción que existe entre la adopción de un
régimen político, la Democracia, que es por definición un estilo de vida con
igualdad de oportunidad para todos con un sentido profundamente solidario, y el
Mercado, en el que el éxito depende ya no de los méritos sino del poder de
negociación de quienes concurren al mismo.
En este
encuadre somos testigos de un severo cuestionamiento a la economía como ciencia
social, dado que hay serias dudas acerca de su aptitud para contribuir a la
solución de los graves problemas que aquejan a la humanidad, las cuales están
abonadas por los debates entre los economistas, que en no pocas oportunidades se
efectúan desde posiciones francamente opuestas.
El
privilegio que algunos otorgan al análisis macroeconómico constituye un enfoque
unilateral además de insuficiente, toda vez que el presunto equilibrio
atribuible a los “fundamentales” demuestra no garantizar ni el pleno empleo ni
la justa distribución de los ingresos. El repliegue del Estado, exigido por el
neoliberalismo, no es otra cosa que la pretensión de renuncia por parte de los
gobernantes a su función específica: la de gobernar. Dicha función se deja a
cargo del Mercado, al que se le atribuyen virtudes que no tiene, dada la
ausencia de uno de sus prerrequisitos como es el de la libre concurrencia (lo
cual no debe interpretarse como un rechazo a su rol en cualquier economía
moderna). Claro está, con el control que debe realizar el Poder Político para
evitar la presencia y acción de los monopolios.
Tanto
la macro como la microeconomía son por sus consecuencias sociales lo
suficientemente importantes como para quedar libradas exclusivamente a acciones
privadas, sin las necesarias decisiones públicas. Lamentablemente, a la clase
dirigente parece preocuparle mucho más la estabilidad monetaria que la lucha
contra la marginación y la exclusión, cuyos antecedentes inmediatos son los
altos niveles de desempleo, subempleo e informalidad laboral. Este cuadro no se
revierte sin fuertes liderazgos y políticas públicas, apelando solamente a
invocaciones voluntaristas.
¿Constituye esta afirmación un cuestionamiento al formidable edificio teórico en
el que se apoya la Economía como Ciencia? En modo alguno. El mismo, originado en
los aportes de clásicos como W. Petty (1623-1687), A. Smith (1723-1790), T.
Malthus (1766-1834), D. Ricardo (1772-1823), K. Marx (1818-1883) y J.S. Mill
(1806-1873), por citar sólo a los principales, da lugar a un modelo con fuerte
apego a la realidad. La producción ocupa el lugar central.
Era una
teoría lúgubre y con una alta cuota de resignación para las clases más pobres,
siendo su expresión concreta la famosa “Ley de bronce de los salarios”. Las
apelaciones a leyes regulatorias del mercado por parte del Estado en defensa de
los consumidores, y el intento de establecer principios de equidad en las
finanzas públicas, destacan los caracteres de la economía clásica: su realismo,
ya que se combina el compromiso con la producción, y la preocupación por los
problemas sociales.
Parece
oportuno mencionar que uno de sus precursores, William Petty, recomienda ya a
mediados del siglo XVII utilizar las finanzas públicas para compensar las
fluctuaciones en el nivel de actividad, anticipando en casi tres siglos a la
Teoría Keynesiana, con el fin de evitar el paro involuntario1. Es en este autor
donde se encuentran las primeras elaboraciones de la contribución al
financiamiento del gasto público apoyadas en el principio de la capacidad de
pago.
A
mediados del siglo XIX se producen cambios culturales a los que la economía no
resulta ajena. Como consecuencia del auge que adquiere el análisis matemático
debido al avance de la física en momentos en que Charles Darwin (1809-1882)2 da
a conocer su teoría sobre “El Origen de las Especies”, adaptada al campo de la
sociología y la religión con particular entusiasmo por el filósofo Herbert
Spencer (1820-1903), otorgándole el sentido ético necesario para justificar al
Mercado como el medio más idóneo para la selección de los más capaces.
Dado
que los fenómenos que caen bajo el estudio de la Economía son susceptibles de
medición y pueden ser expresados por funciones continuas, el uso del cálculo
diferencial se coloca como instrumento indispensable, y da lugar posteriormente
a la Escuela Marginalista. Entre algunos de los pensadores fundacionales del
Neoliberalismo puede citarse a Cournot (1801-1877), Jevons (1835-1882), Menger
(1840-1921) y Walras (1801-1866).
Por
oposición a la Clásica, esta escuela tiene una concepción individualista y no
social, idealista y no realista, caracteres propios del marco intelectual que
arranca en 1860. Resulta un ejercicio muy simple encontrar estos rasgos en la
mayoría de quienes adscriben a políticas económicas que privilegian al sector
financiero de la economía y no al real, elevando al Mercado a la categoría de
dogma al tiempo que descreen del Estado en cualesquiera de sus funciones para
lograr la verdadera síntesis de los intereses sociales. Rasgos, en definitiva,
que definen a los neoliberales.
Se entiende así
el uso intensivo de los “supongamos...” y del pizarrón para demostrar cómo las
cosas no son como debieran ser, y explicar ex post lo que no se previno antes.
Más que una ideología económica es una posición intelectual con un alto
contenido de ingenuidad, ya que cuando existe divorcio entre la realidad y los
objetivos planteados la equivocada siempre es la primera. Permanentemente hay
argumentos para racionalizar los fracasos, que descansan obviamente “en los
otros” y no en “nosotros”.
2. Introducción
Aunque
muchos subestimen la magnitud de la crisis que se inicia con el episodio de
Tailandia en julio de 1997, la misma dista de estar resuelta y habrá de
prolongarse en el tiempo debido a los encadenamientos inducidos por la
globalización. En enero de 1999 alcanza plenamente a Brasil, y la polea de
transmisión habrá de impactar en algún momento sobre las economías
estadounidense y europea. Aunque parezca un ejercicio de imaginación, basta
recordar el grado de exposición financiera que tienen en los países donde la
crisis se manifiesta.
Frente
a esta realidad, sería de interés analizar dos cuestiones desde la perspectiva
argentina: la primera, las características del escenario internacional como
consecuencia de políticas económicas neoliberales, y la segunda, cuál será el
curso futuro de la economía nacional, que no podrá soslayar la realidad
internacional, la cual la encuentra prácticamente desprotegida como consecuencia
de la falta de instrumentos propios y de una regla monetaria, que la hace
dependiente de decisiones que se toman en los centros
financieros.
Tales
cuestiones deben ser abordadas con la mayor objetividad posible y exentas del
voluntarismo propio de quienes adhieren a la sabiduría convencional, la cual
basa sus predicciones en simples indicadores financieros que sólo reflejan
decisiones de operadores especulativos: los que al iniciarse 1999 creían que lo
peor ya había pasado, y que en modo alguno puede repetirse la crisis iniciada en
1929 y finalizada en 1933. Pasan por alto que hoy estamos en un mundo más
complejo, totalmente interrelacionado, menos provinciano y con situaciones
sociales de arrastre de características inéditas. Un mundo, además, que carece
de liderazgos políticos.
La línea divisoria entre el progreso y la marginalidad no se encuentra como
antaño entre el Norte y el Sur. Existen cortes transversales en el Centro y en
la Periferia. Hay islas de prosperidad y exclusión social en cualquier país que
se considere. La diferencia puede darse tal vez en el acento que algunos ponen
para preservar sus tejidos sociales, lo cual es propio de muchas naciones
europeas, con mayor conciencia acerca de la importancia de la geopolítica en la
proyección de sus futuros.
Asimismo, la creencia en la eficacia de los mecanismos amortiguadores y de las
instituciones financieras para prevenir la ocurrencia de escenarios exentos de
colapsos económicos y pánicos financieros, es propia de quienes generalmente
sólo proyectan futuros cercanos, extrapolando experiencias con mecanismos de
ajustes disímiles. Esta visión optimista baja los mecanismos de autodefensa y
pasa por alto que, si tuvieran alguna relación con la realidad, las crisis de
México, del sudeste asiático, la moratoria rusa y el colapso brasileño, no
deberían haberse producido. Sobran testimonios escritos que certifican los
graves errores de predicción en que incurrieron, lo cual no parece producirles
ninguna incomodidad, confiando tal vez en una memoria social totalmente
amnésica. De esta imputación no queda ajeno el FMI, totalmente desprestigiado
por sus absurdas predicciones y apoyos financieros.
Existen
focos potenciales de desequilibrios mayores a los del pasado, y vulnerabilidades
sistémicas en los mecanismos políticos y técnicos, incapaces de detectarlos para
quienes no quieran ver la realidad. Dado que nunca se encuentra la razón del
fracaso, siempre se actúa ex post facto, y el costo recae obviamente
fuera de los límites que enmarcan los intereses de quienes detentan el poder
económico y político.
La crisis
presente, aún cuando no tengamos la adecuada perspectiva histórica que brinda el
transcurrir del tiempo para evaluarla, no es sólo financiera sino también
económica, social, política e ideológica. De allí que reviste connotaciones muy
particulares y conduce en su dinámica, aún no concluida, a situaciones muy
difícilmente predecibles. Para los argentinos, dada la restricción externa a la
que está sujeto el país, que lo torna altamente dependiente de los capitales
externos, éste es el encuadre en el que la crisis tiene lugar.
3. El fracaso del neoliberalismo
Hasta
hace poco parecía carente de lógica cualquier afirmación vinculada a la
reaparición de una crisis que pudiera igualar en sus efectos a la que fuera
considerada como la peor del siglo XX. Sin embargo, la realidad está superando a
la lógica fundada en la imposibilidad. La razón debe buscarse en que la lección
de la historia no fue aprendida. En aquel tiempo los Bancos Centrales se
encontraron imposibilitados de honrar sus compromisos porque las reservas no
alcanzaban para satisfacer la demanda en masa de convertir en oro el papel
moneda, lo cual produjo de hecho un efecto contagio debido al sentimiento de
pánico generalizado, el cual se profundizaba además en la medida que se
adoptaban políticas contraindicadas.
En
efecto, la lógica de la ideología neoliberal aconsejaba la restricción de los
medios de pago y la contracción del crédito para frenar el drenaje de metálico.
Y como si se tratara de fichas de dominó, todos los países del patrón oro fueron
cayendo en la medida que se quedaban sin respuestas frente a los efectos de la
crisis.
La
crisis se liquidó después del abandono del patrón oro por parte de los países
que se apoyaban en él, pero además por la aplicación de ideas keynesianas que
confirieron al Estado la responsabilidad de la implementación de medidas
monetarias y fiscales compensatorias del ciclo, por la Segunda Guerra Mundial, y
por el ordenamiento cambiario apoyado en los mecanismos creados más tarde en
Bretton Woods.
La
resolución de la crisis tuvo un fuerte componente de cambio ideológico, una
verdadera revolución ideológica, que basó su diagnóstico en el hecho de que la
política económica neoliberal fue incapaz de resolver los temas más acuciantes
de la sociedad, el desempleo y la injusta distribución de los ingresos, y de que
debía hacerse precisamente lo contrario a la terapia recomendada.
Naturalmente, el colocar al Estado como elemento equilibrador de los intereses
sociales, y el reconocimiento explícito del papel disruptor de los monopolios,
permitieron la expansión económica que sucedió a la contienda bélica, en el
marco de un avance tecnológico en todos los frentes del saber humano -desde la
medicina a las comunicaciones, desde los transportes a la conquista del espacio-
apoyado en la expansión de la frontera producida por la cibernética.
Desde
que se liquidan los efectos de la Gran Depresión y hasta fines de los sesenta,
el modelo que dio lugar al famoso Estado del Bienestar impuso sus reglas de
juego habiendo eliminado los efectos negativos de las consecuencias acarreadas
en la etapa anterior, fundada en el crecimiento hacia afuera con libertad
absoluta en el movimiento de capitales. Un mérito que no reconocen, ciertamente,
quienes oponen el Estado a los intereses de la sociedad. Ello no justifica, por
supuesto, los excesos por parte de los que violaron el principio de
neutralidad.
Aquella
lección de la historia económica no parece haber sido aprendida. El núcleo de la
crisis generalizada estuvo en la contracción monetaria simultánea que produjo la
disminución de la actividad económica, y se proyectó en desequilibrios
presupuestarios que se reforzaban en la medida que se acentuaba la iliquidez. El
hecho de que no se encuentren países centrales con régimen de patrón oro y de
que los tipos de cambio sean flexibles garantiza a priori que el mundo esté a
cubierto de una recesión generalizada, dado que difícilmente Estados Unidos,
Europa y Japón se embarquen en una política simultánea de contracción de los
medios de pago.
Sin
embargo, paradójicamente, ésa es la política que aconsejan a los países
emergentes auditados por el FMI, dando como resultado el descenso de la
producción y el aumento del desempleo, el déficit presupuestario y la cuenta
corriente del balance de pagos. Todo ello, ajustando al sistema por el tipo de
cambio administrado o, como en el caso argentino, a partir del sostenimiento de
la convertibilidad.
Pero
vale la pena reiterar que más arriba se ha expresado “garantizaría a priori”,
con lo cual queda abierta la posibilidad que aún esa política, pretendidamente
expansiva basada en instrumentos monetarios, no arroje resultados positivos o
quede superada por el efecto que puede sobrevenir por el lado de los ingresos,
si es que se da el reacomodamiento a la baja de los valores a que han llegado
las Bolsas de Valores en Estados Unidos y en Europa, dado el efecto contagio
proveniente de Asia, el Este Europeo y Latinoamérica.
Si esto
ocurre de nada habrán valido los esfuerzos para equilibrar el mercado mediante
la reiterada baja de los tipos de intereses, porque el valor de las acciones
reflejará la verdadera rentabilidad de las mismas. En ese caso, el efecto
riqueza combinado con la suba implícita de la tasa de interés para la inversión
y el gasto de consumo producirá un descenso en las tasas de crecimiento
norteamericana y europeas. Recién a partir de entonces la crisis se derramará
sobre los países centrales, y comenzará a tener un principio de solución el
crítico cuadro que se iniciara con el episodio de la deuda ocurrido en México a
fines de 1994 y cobrara impulso a mediados de 1997 en el sudeste asiático.
Mientras tanto, la receta basada en la suba de la tasa de interés, la reducción
del gasto público y el aumento de los impuestos, contraindicada por la
experiencia histórica para combatir la recesión y el desempleo, se mantiene en
plenitud por parte de no pocos economistas en los países emergentes, más
preocupados por los mercados de capitales que por el bienestar de sus pueblos.
Sus conciencias están tranquilas porque a partir de la estabilidad cambiaria,
que se sostiene sólo merced al cumplimiento de la receta impuesta desde los
centros financieros, confían en que la microeconomía se arreglará sola, y con
ella también el desempleo. Lo realmente negativo es que muchos están convencidos
de buena fe, y la posición que asumen es propia de una formación académica
deficiente.
Dado
que el corte transversal de las sociedades, del que no escapa ningún país,
muestra el agravamiento de los conflictos sectoriales y el auge de la
delincuencia de todo tipo, es imposible no retornar a políticas macroeconómicas
con el mayor grado de libertad posible para solucionar la patología de fines
del siglo XX. Si así no se hace, la deflación de precios profundizará las
tendencias recesivas, cuyas consecuencias sociales aumentarán la polarización.
El
pensamiento neoliberal no tiene otra fórmula que resignarse y confiar en que las
fluctuaciones del riesgo país no dificulten el acceso a fuentes de
financiamiento, que llevan necesariamente al aumento sistemático del
endeudamiento externo con sus efectos futuros sobre la cuenta corriente y la
estructura del gasto público, en la que los intereses de éste desplazan a otros
de alta prioridad social: los contribuyentes de mañana deberán financiar con sus
impuestos el gasto que en el pasado disfrutaron sus predecesores, tal como
ocurre en la actualidad.
Es
fácil advertir que la política que se sigue en los países centrales está en las
antípodas de la que se sugiere a los denominados emergentes. Ha dicho bien,
aunque tardíamente, el Presidente de Brasil, Fernando Cardoso, cuando expresara
que la globalización está planteada sobre relaciones asimétricas. Las mismas son
impuestas por el sistema capitalista, que no busca la manera más eficaz para
resolverlas, sino la más conveniente para obtener beneficios. Que el sistema
funcione mal no significa que hay que eliminarlo, sino que hay que mejorarlo.
Los líderes de
los países discriminados por la globalización debieran comprender que gobernar
es sinónimo de tomar decisiones, y desechar la idea basada en la
unidireccionalidad de la política económica, que no resuelve los problemas
presentes, sobre todo cuando al poner el acento en la ortodoxia financiera
potencia la inestabilidad de la economía real.
4. La razón de la asimetría
La
evidencia empírica es suficientemente rica respecto de la asimetría en los
ajustes que practican y aconsejan los centros financieros. En ellos, el papel
central se otorga a la política monetaria activa, que ajusta por variación del
tipo de interés, y produce según sea el caso la devaluación o revaluación de la
moneda. Los tres ajustes practicados a la baja en la tasa de interés por parte
de la FED desde octubre hasta diciembre de 1998 posibilitaron el sostenimiento
de las burbujas especulativas en los centros financieros, pero sirvieron además
para devaluar el dólar, principalmente en relación con el yen.
A la
Argentina en cambio se la priva de tener política monetaria, y su ajuste debe
producirse por vía fiscal, esto es, por el aumento de la presión tributaria,
considerando a la evasión y la elusión generalizada como datos de la realidad y
produciendo reformas que afectan siempre a los sectores de menores ingresos. Se
cumple además con el axioma que establece que la concentración del poder
económico deviene en la del poder político, y que nadie legisla en contra de sus
propios intereses.
La
asimetría descripta tiene su costo en términos de neutralidad, ya que habida
cuenta de la mayor eficiencia instrumental de la política fiscal sobre la
monetaria, los centros financieros distorsionan al mercado internacional de
capitales. En efecto, si en Norteamérica se hace necesario incentivar la demanda
doméstica, lo más aconsejable sería hacerlo por el lado del aumento del gasto
público, la reducción de los impuestos y el rescate de títulos de la deuda
interna, esto es, con la política fiscal idónea para recuperar niveles de
actividad económica y aumentar la demanda laboral.
Pero
los efectos económicos de la política monetaria difieren en sus efectos de la
política fiscal. La primera tiene una vinculación mayor con los intereses del
sector financiero. Se trate tanto del alza como de la baja de la tasa de
interés, los operadores arbitran en los mercados de títulos y acciones, de los
que obtienen posibilidades de altos beneficios, normalmente exentos del pago de
impuestos. ¿Pero qué ocurre con el mercado de capitales de los países
emergentes? La decisión de la Reserva Federal es el sustituto de la política
monetaria de la que carecen países con tipos de cambios fijos, ya que en ellos
la base monetaria depende del nivel de la tasa de interés que no manejan, y que
se ve además influenciada por el denominado “riesgo país”.
Si por
el contrario la política compensatoria se efectuara en el plano de las Finanzas
Públicas, no se transferirían al exterior los citados efectos en los mercados de
capitales. Tan pronto como se observe el manejo de la política macroeconómica en
Estados Unidos, se verá el uso intensivo de la concepción monetarista en lugar
de la fiscalista. Esto significa que el costo del equilibrio macroeconómico se
pone en los países emergentes. Se llega así a comprender que la identificación
entre el neoliberalismo y los sectores financieros es resultante no sólo de una
simple preferencia, sino de una muy alta conveniencia. Para quienes tienen
capitales nunca es agradable ni conveniente pagar impuestos.
Pero
además, el pasaje de una política macroeconómica clásica contracíclica a otra
estructuralmente restrictiva persigue como objetivo fundamental controlar todos
los riesgos eventuales de tensiones económicas y no a las tensiones mismas, lo
cual constituye una diferencia mucho más que semántica.
En síntesis,
debe encontrarse la razón de la asimetría con que se manejan los países
centrales respecto de las recetas que se imponen a los países de la periferia en
la relación de poder que es utilizada para beneficio de los sectores
financieros-económicos dominantes en aquellos que han llegado a constituir una
estructura que se antepone a las que conforman los poderes políticos.
Naturalmente, cuentan con elementos domésticos que favorecen sus estrategias. En
algunas oportunidades, los propios gobiernos.
5. El impacto sobre Argentina
Las
consecuencias del neoliberalismo en Argentina bajo el régimen de
convertibilidad, pueden ser expresadas sintéticamente: crecimiento con
estabilidad, sin efecto derrame sobre la sociedad, habida cuenta que es el único
país de América Latina donde los salarios reales bajaron y el desempleo aumentó
en mayor medida.
El
índice de bienestar medido por el acrecentamiento de la incertidumbre respecto
de mantener el empleo, y la creciente marginación y exclusión con sus secuelas
en términos de drogadicción, delincuencia, crimen y prostitución, ha descendido
en menos de una década hasta el punto de sorprender al observador más pesimista.
La gente no sabe ni está obligada a saber de economía, pero sufre sus
consecuencias. Su futuro se acota en la medida que se estrecha el presente.
Asimismo, la corrupción se extiende por todo el cuerpo social a medida que los
sentimientos de solidaridad se debilitan. La filosofía del Mercado ha permeado
en la sociedad de modo tal que ha sido suficiente para desplazar, por
incapacidad de sostener sus niveles de ingreso, al 60% de la población.
¿Por
qué se ha producido esta situación? La respuesta a tal interrogante insumiría
mucho más espacio que el destinado a este ensayo, pero podría sintetizarse a
partir del diseño de una política económica que, habiendo conferido el carácter
de variable instrumental independiente y única al tipo de cambio, restableció el
régimen de convertibilidad que los países con tradición en la materia habían
abandonado definitivamente luego de la Gran Depresión. Lo que pudo ser un
instrumento recomendable para superar la hiperinflación se constituyó en una
verdadera trampa al confundírselo con el objetivo más importante de la acción de
gobierno: mantener la paridad cambiaria con el dólar independientemente de la
evolución de los factores monetarios y reales en Argentina y Estados Unidos
desde que fuera establecida.
Así, el
régimen de convertibilidad se convierte en la pieza maestra del neoliberalismo
para que, una vez asegurada su vigencia, los acreedores internacionales puedan
contar con un seguro de cambio gratuito que los ponga a cubierto de eventuales
pérdidas de capital por devaluación del peso. Los intereses diferenciales, más
altos que los obtenidos en el exterior, arrojan ganancias importantes para
quienes vienen a financiar los desequilibrios de los “fundamentals”, basados en
la extraordinaria confianza que ofrece el “manejo responsable” de la economía
argentina.
Veamos
la razón de tales desequilibrios. Primero, en relación con el sector externo. En
el año 1998 este desequilibrio, que tiende a aumentar y sostenerse en el tiempo,
se ubica en el 5% del PBI. ¿Cómo puede esto ser posible, si en esencia la
política económica neoliberal descansa en el argumento del aumento de la
competitividad argentina y en consecuencia el país debería generar los
excedentes en divisas con su propia producción de modo de acrecentar su
endeudamiento sólo en la medida en que estuviera justificado en la inversión de
capitales en el sector real de la economía? ¿Se cumplieron los requisitos como
para que la competitividad mejorara? Si se concede crédito a los defensores de
la ideología neoliberal la respuesta debiera ser afirmativa, pero si se repasa
el listado de las condiciones que se requieren para que la competitividad de un
país sea real y no imaginaria, veremos que no.
Peor aún.
Aunque suene extraño, es posible sostener el punto de vista contrario y decir
que la Argentina ha perdido competitividad.
5.1 Criterios para la
competitividad externa
Primer
criterio: para ser competitivo, cualquier país debe tener en equilibrio a su
sector externo. Si no lo está y debe acudir al endeudamiento para cubrir su
déficit de cuenta corriente, la tasa de interés que pague debe ser inferior a su
tasa de crecimiento. Endeudarse es siempre provechoso en la medida en que la
rentabilidad de la inversión sea superior al costo de colocar deuda. No ha sido
éste el caso de nuestro país. La tasa de interés promedio de su deuda es
superior a la tasa promedio de crecimiento del PBI, no obstante haber alcanzado
el 6% promedio anual desde 1991. De acá en adelante, producida la crisis de la
deuda brasileña, la primera aumentará más y la segunda disminuirá, aumentando la
brecha de pérdida de competitividad.
Segundo
criterio: la tasa de inflación no debe ser mayor que la de los países con que se
comercia en mayores volúmenes. Si así fuera, los precios habrían de aumentar más
que los de los países extranjeros, lo cual de hecho conduciría a la devaluación
para restaurar la competitividad perdida. Claro está que cuando el desbalance
comercial se hace presente, una forma de recuperar el equilibrio es reduciendo
las importaciones por medio de la recesión económica, lo cual permitiría
simultáneamente el aumento de las exportaciones. Naturalmente, este mecanismo de
ajuste externo no conduce a una posición de equilibrio del sistema, no sólo por
su impacto sobre los niveles de empleo e ingresos, sino porque al mismo tiempo
induce un círculo fiscal perverso: menores ingresos estrechan la base imponible,
y por ende hay menor recaudación fiscal, afectada además por la menor
recaudación de aranceles aduaneros en las importaciones y mayores reintegros a
las exportaciones por el recupero del I.V.A. Esta la situación que se registra
desde el segundo semestre de 1998 en adelante.
Antes
de entonces, la cuenta corriente en rojo se financiaba con el aporte de
capitales, lo cual se tenía por virtuoso, sin reconocerse que la mayor demanda
de divisas era la consecuencia del exceso de consumo originado en los sectores
beneficiados por la regresiva distribución del ingreso y la nunca reconocida
sobrevaluación del tipo de cambio.
En
consecuencia, se aprecia que no obstante satisfacerse este criterio, el mismo no
puede desvincularse de los factores que subyacen a la pseudo-estabilidad y sus
beneficiarios.
Tercer
criterio: la competitividad requiere de una situación interna de pleno empleo, o
al menos que la tasa del mismo sea inferior a la de los países con que se
comercia. Esta condición es decisiva y de orden superior a las dos anteriores,
dado que carece de sentido acudir al ahorro externo a tasas inferiores a la del
crecimiento del PBI y mostrar un escenario de estabilidad total si ello se logra
por un paro diferencial mayor. El diferencial de paro habrá de aumentar más a
partir de la recesión que se instalará en 1999 como consecuencia de la
restricción externa no resuelta por la contracción de la liquidez internacional
disponible para los países emergentes.
En
conclusión, la aptitud competitiva de un país no se mide por el volumen y
calidad de los bienes transados internacionalmente, sino por la forma en que los
criterios expuestos quedan satisfechos. En este orden de ideas, queda claro que
la economía argentina está inserta en el mundo, al costo de sostener un cuadro
social desequilibrado, y no puede en consecuencia considerarse en condiciones
de competir internacionalmente brindando al mismo tiempo el bienestar requerido
por su población. En realidad, no podría considerarse de otra manera si se
concuerda con que el comercio exterior es la expresión productiva del país en
condiciones de pleno empleo.
Si el sistema
no ha ganado en competitividad externa no genera excedentes para su crecimiento
autosostenido, y es natural que tenga desequilibrios en su frente externo que
deben ser financiados con endeudamiento, el cual, como se ha visto, no resulta
en ventajas económicas por el diferencial de tasas. Pero esto no es todo, porque
tampoco la ideología neoliberal ha puesto en orden a las finanzas públicas.
5.2 El déficit fiscal
Constituye un verdadero paradigma para la sabiduría convencional neoliberal.
Independientemente del grado de ocupación de la capacidad de producción
instalada, se afirma que las cuentas públicas deben estar equilibradas a fin de
evitar la emisión monetaria para financiar al Tesoro. La macroeconomía se agota
en una muy simple operación aritmética. El pleno empleo se alcanza
automáticamente, y poco importan los avances registrados por la teoría económica
luego de la Gran Depresión. Sin duda, sus lecciones de macroeconomía no llegaron
a los avances registrados desde Keynes en adelante.
Pero
como la experiencia de nuestro país lo indica, entre 1991 y 1998 el Gasto
Público Consolidado creció nada menos que el 125% en moneda corriente, y aunque
los recursos tributarios también crecieron, fueron insuficientes para cubrir la
brecha, razón por la cual también ha sido necesario acudir al endeudamiento
externo, no obstante el producido por la venta de las Empresas Públicas a las
que se consideraba responsables de los déficits del pasado.
De esta
manera, la presión sobre los productores argentinos tuvo su antecedente, primero
en un tipo de cambio que está sobrevaluado3 y discrimina en contra de los bienes
transables, efecto que se acentúa cuando las cotizaciones de los productos en el
exterior son inferiores a sus similares argentinos, segundo en el impacto que
aporta a la distorsión de la estructura de precios relativos la mayor demanda de
bienes no transables por parte del Estado, y tercero porque deben afrontar el
costo del financiamiento del mismo por medio de impuestos distorsivos y la tasa
de interés real, que hace atractiva al inversor del exterior la compra de
papeles de la deuda pública. Con tasas de inflación a valores anuales muy
próximas a las de estabilidad absoluta, el costo diferencial del dinero y la
mayor presión tributaria, medida por el Gasto Público, constituyen verdaderos
agravios a la producción nacional.
La
expansión monetaria que tiene su contrapartida en los movimientos de capitales
externos se considera virtuosa, mientras que si lo fuera para la colocación de
Títulos del Tesoro constituiría una herejía. No se aprecia, o se oculta
deliberadamente, que de esta manera la marcha de la economía argentina depende
de una variable que nadie en el país controla: los flujos de capitales. De ellos
depende la suerte de vidas y haciendas de los argentinos.
Debido
a ello no es de extrañar que se dispense más atención y cuidado a los capitales
que a los trabajadores argentinos, sean éstos empresarios o asalariados, y que
importen más los juicios del establishment financiero local y externo que los de
los argentinos, quienes deben sufrir las consecuencias del injusto planteo
neoliberal que discrimina en contra de los verdaderos intereses nacionales.
Al
plantear en estos términos la problemática la respuesta es que no hay
alternativas a la política actual, como si dentro de las restricciones que
impone la misma no hubiera posibilidad de redireccionar los pocos instrumentos
de los que se dispone. Esto constituye una verdadera trampa intelectual, que el
neoliberalismo ha montado a través de sus códigos, y que hace que los
economistas en su gran mayoría “hayan comprado” la receta recesiva frente a la
presente crisis. Será tal vez porque sobra ejercicio macroeconómico y falta la
vivencia de la microeconomía, pero puede ser también porque algunos estén
imbuidos de suficiente realismo como para comprender la situación de desventaja
que los países emergentes como el nuestro, tienen frente a la tiranía de los
acreedores internacionales, y el hecho de que el futuro está enmarcado por la
secuencia de estabilidad o devaluación según sea el caso, pero siempre con
sacrificio y costo sobre los pobres y los que se van sumando a esta categoría.
No habría en verdad otra alternativa.
El
criterio de unidireccionalidad y de falta de alternativas es falso y debe
rechazarse de plano aún dentro del planteamiento neoliberal. Por ejemplo, ¿quién
puede afirmar que el Gasto Público no puede ser cambiado al igual que la
estructura tributaria, ambos objetivando una mayor progresividad? ¿Quién puede
afirmar que los organismos de control no puedan funcionar para mejorar la
calidad de sus servicios y no cometer abusos tarifarios? ¿Quién puede impedir un
sistema adecuado para auditar la oferta de bienes sociales tales como la
educación, la salud, la justicia, la previsión social? ¿Qué se opone a un
eficiente control de las fronteras para evitar la invasión de mano de obra
indocumentada, de muy baja productividad, que se aprovecha del gasto público al
tiempo que no tributa y remesa al exterior parte de sus ingresos? ¿Quién puede
pensar que se puede producir la apertura de la economía sin tener el organismo
aduanero adecuado?
El
listado precedente no puede considerarse una agresión al orden constituido de
manera directa, pero tan pronto como se lo analice con detenimiento se apreciará
que no son pocos los sectores de intereses que se benefician de la baja
productividad del Estado y su deficiente funcionamiento por apoyarse en un
sistema amiguista y clientelista, y no meritocrático como el que impera en los
países que imponen a otros las reglas que no practican.
Al
neoliberalismo estas sofisticaciones le importan poco y nada, porque todo el
esfuerzo está puesto en mantener el sistema financiero sin tensiones y a la
Oficina del Presupuesto en equilibrio, sin atender al principio de restricción
presupuestaria, porque siempre está abierta la imaginación para crear o aumentar
impuestos que recaen fatalmente sobre el reducido universo de quienes los pagan,
y también porque el déficit encuentra a generosos prestamistas dispuestos a
arriesgar sus capitales. Ciertamente, el neoliberalismo requiere, para ser
practicado con eficiencia, poco más que sumar y restar.
6. El FMI y el
neoliberalismo
Una vez
que comienzan las dificultades para afrontar los pagos externos, aparece en
escena la inefable presencia del FMI, que con el pretexto de ayudar
financieramente a los países para superarlas, lo que realmente hace es evitar
las pérdidas de quienes asumieron riesgos financieros más allá de lo prudente y
transferirlas a quienes deberán ver incrementados sus impuestos, generalmente
los más pobres, de modo que se trasladan al futuro los problemas. El F.M.I. y
los consorcios de bancos efectivamente aportan capitales para que el país pague
a esos mismos acreedores. En definitiva, lo que importa es seguir cobrando los
intereses de la deuda que tienen como contrapartida fondos que no estarán
disponibles ni para el consumo ni para la inversión local. El F.M.I. es el
auditor del endeudamiento y de la recesión estructural, aunque en alguna etapa
haya muestras de crecimiento.
Los
neoliberales desconocen un principio mercantil muy elemental: nadie se hace rico
pagando intereses. En realidad, la proposición válida es la inversa. Los
acreedores realizan su actividad, al igual que los grandes especuladores
bursátiles de los países centrales, con poco riesgo, dado que siempre estará
presente de un modo u otro la mano salvadora que solucionará las eventuales
pérdidas. Algunas veces la Reserva Federal bajando tasas de intereses, y otras
el FMI proveyendo fondos.
Distinto sería
el caso si quienes se sobrestimaron se hicieran responsables de sus errores y
asumieran las pérdidas emergentes, tal como impone el mercado al que pontifican
pero en el que no creen a la hora de aceptar sus reglas. En todo caso, debieran
renegociar sus créditos como cualquier acreedor, y el aporte internacional
dedicarse a la expansión de la economía deudora, con el fin de generar recursos
externos que a más largo plazo hagan a la sociedad con mayor capacidad de pago.
¿Por qué deben ser los pobres quienes paguen la fiesta a la que no han
concurrido? Sencillamente, porque el FMI y los organismos multilaterales de
crédito son funcionales a la operatoria del Neoliberalismo en los países
emergentes.
7. Conclusión
Lejos
de solucionar los problemas del subdesarrollo, la escuela neoliberal los agrava
al polarizar en forma creciente a los sectores sociales. Alertar al respecto no
implica en modo alguno una crítica al sistema capitalista ni tampoco a la
filosofía liberal, pero sí poner de manifiesto que se trata de una corriente de
pensamiento de la que sacan ventajas los especuladores, la cual tiene como
mérito el hacer creer a los observadores que es la única fórmula viable en el
mundo moderno, y que sus principios deben aplicarse urbis et orbis
independientemente de las características propias de cada país. Da lo mismo que
sea Brasil, México, Argentina, Venezuela o Corea del Sur.
No son
iguales Suecia, Italia, Canadá, Japón o Estados Unidos, pero aplican políticas
económicas basadas en sus recursos, sus intereses nacionales y en la concepción
geopolítica que los caracteriza. Se trata de un problema práctico y no
doctrinario.
Nadie
puede realizar la función del mercado con más eficiencia, ni nadie puede
realizar la que compete al Estado en su rol de orientador, regulador y árbitro
de los intereses sectoriales. Estar en oposición al neoliberalismo es estar en
contra de una concepción exclusivamente individualista y no social. Es estar a
favor de la equidad distributiva, que sólo puede resolverse aplicando criterios
políticos. Es estar a favor del tejido social, que da el carácter distintivo a
cada país porque hace a su propia cultura.
El día
en que se comprenda que las Instituciones de Bretton Woods deben volver a
abocarse a las funciones para las cuales fueron creadas en el marco de una
verdadera red solidaria internacional, entonces el Neoliberalismo pasará a ser
un recuerdo del pasado. Será el momento en que sus panegiristas deban asumir
los riesgos que recomiendan a otros, razón por la cual dejarán de ganar el
dinero tan fácil como lo logran ahora a costa de quienes no tienen recursos para
oponerles. Será ese el momento que deje de socializarse el riesgo, tal como
ocurre ahora, a fines del siglo XX.
c
Notas
1. W. Petty – Treatise of Taxes and Contributions (1662).
2. La obra de
este famoso naturalista inglés, apareció el 24/11/1859, y su edición de 1250
ejemplares se agotó en el mismo día. La obra en general, trata acerca de la
evolución de las especies, para lo cual se apoya en la aporte de la
paleontología entre otras evidencias.
3. A.Buscaglia,
citado por el autor en su libro “Política Económica y Exclusión Social”, Ed.
Macchi,
Julio 1998, Bs.As.
CLACSO, abril de 1999