Ramón Zallo: La
contrarreforma de Wert
Ramón Zallo es catedrático de la UPV-EHU
Se ha publicado el informe (84 páginas) que una Comisión de
Expertos nombrada por el ministro Wert ha elaborado sobre la Reforma del
Sistema Universitario Español. Intenta completar el modelo de reforma
educativa emprendida por el Gobierno Rajoy para las otras enseñanzas y que ha
cristalizado en el denostado proyecto de Ley Orgánica de Mejora de la calidad
Educativa (LOMCE), consiguiendo el difícil record de poner a casi todos en su
contra.
Hay dos previos que cuestionan ya de origen la propuesta de
Reforma Universitaria.
Por una parte, es prematura. Plantearla cuando todavía está
inacabada la aplicación del Plan Bolonia por falta de recursos es un castigo
inmerecido para las Universidades, cuando no una provocación. Es conocida la
inconsciencia del Ministro, así como su empecinamiento, pero es dudoso que el
Gobierno Rajoy esté capacitado para convertirla en ley con la que está cayendo.
De hecho encargó el informe en tiempos de alegres mayorías absolutas pero,
deteriorada la legitimidad de ejercicio en el breve plazo de un año de
legislatura, difícilmente está en condiciones de abrir otro frente.
Por otra parte, no hay fondos. Los expertos del Informe creen
en las bondades de la globalización universitaria realmente existente en el
mundo, sin cuestionar que las universidades de nuestras latitudes no pueden
competir con Universidades de excelencia mundial que recogen recursos de todo
tipo, pueden apostar casi sin límites por el I+D+i, cuentan con revistas de
prestigio, captan el capital humano de mayor nivel, dominan los circuitos de
visibilidad de las investigaciones y los círculos de poder del
conocimiento…Ciertamente, no hay que resignarse ante esa situación, pero eso
significa recursos económicos que no hay ni habrá para la inmensa mayoría de las
Universidades públicas del Estado Español.
Querer organizar la “excelencia” sin recursos es un brindis
al sol como ya ocurriera con la propia reforma voluntarista de Bolonia. Aunque
también deban recabar fondos en el mercado, identificar la “excelencia” con la
lógica de la rentabilidad a corto invita a las universidades públicas a
comportarse como privadas.
Aspectos positivos
pero maleables
El informe tiene algunas cuestiones positivas pero, según sea
su aplicación, pueden convertirse en su contrario.
Por ejemplo, la conveniencia de una cierta especialización de
las universidades por disciplinas o campos puede convertirse en una pesadilla si
las universidades generalistas pasaran a tener dotaciones de puro mantenimiento
como universidades de segunda. Las evaluaciones externas o los contratos
programas y planes plurianuales traerían estabilidad a las Universidades, pero
su idoneidad dependerá del enfoque, en el primer caso, y de las condiciones que
impongan los gobiernos autonómicos, en el segundo. Asimismo, es loable la
insistencia del informe en las becas y en la igualdad de oportunidades, pero
está desligada de una propuesta realista para financiarlas….
Cuestiones muy
discutibles
En lugar de un modelo equilibrado de Universidad -de alta
formación integral o especializada y de preparación profesional- hay una
preocupante propensión del informe a interiorizar solo intereses empresariales.
Ello hace temer que la necesaria y razonable racionalización universitaria (hay
exceso de campus) pueda convertirse en una privatización encubierta por
abducción. El informe orienta en exceso la Universidad a la empleabilidad
profesional de la mano de empresas que también pasarían a estar presentes en el
máximo órgano directivo público universitario.
Igualmente, propone una doble vía de acceso del profesorado a
la función de personal docente e investigador: funcionarial y laboral. Muy de
acuerdo. Pero la apuesta por esta fórmula es válida, sólo si ambas figuras se
equiparan en exigencias, estabilidad y rango -como ya se ha aplicado en la
Universidad del País Vasco- pero de ninguna manera si el personal contratado lo
es a dedo y por concursos poco rigurosos, o mediante sueldos precarios y con la
intención de ir erosionando la vía de la estabilidad, como cabe deducir del
informe.
Asimismo, no se contemplan algunos precios: los Campus de
Excelencia Internacional que se proponen es seguro que se construirían a costa
de empobrecer al resto y que la conversión de la propuesta en proyecto de ley
probablemente también afectaría al nivel competencial de las Comunidades
Autónomas, como ya ha ocurrido con la LOMCE.
Propuestas
inaceptables.
Si hay temas que dependen de su aplicación y otros de su
articulación, hay otros que son simplemente inaceptables, por concepción. La
Autonomía Universitaria consagrada por la propia Constitución es zarandeada en
la propuesta de estructura institucional. Lo dicen dos de los expertos del
Informe que lo han hecho constar en informe aparte.
La razón de ser básica de la universidad es la transmisión,
lo que se debería traducir en mimar la calidad de la docencia. Pero si se da
valor exclusivo en el curriculum a la necesaria investigación –la otra misión-
minaremos ambas. El informe apuesta por no valorar la docencia en las
evaluaciones del profesorado, lo que solo invitará al desinterés docente y a la
obsesión compulsiva por un curriculum de cantidad más que de calidad.
Coherentemente con ello se abusa del rol de los sexenios de investigación como
criterio único de excelencia en el curriculum y para formar parte de tribunales
de evaluación. Sube tanto el listón de estos últimos que solo unos pocos podrán
estar en todos los tribunales imaginables.
Tampoco se entiende que, para la promoción interna, se vuelva
al anterior sistema de oposiciones, puesto que se suprimió por ineficiente,
dando lugar al mejorable sistema actual.
Pero el mayor problema del informe es la contrarreforma
institucional que propone hacia un régimen presidencialista, piramidal y
externalizado. Se propone fundir Consejo de Gobierno y Consejo Social en un solo
órgano decisorio, un Consejo de la Universidad de pocos miembros, con entrada de
un 50% de personas no necesariamente vinculadas a la Universidad, y en el que se
le daría vela al Gobierno Autónomo (o quizás a su Parlamento). Aunque se exige
que los propuestos sean “personas de prestigio”, “empresarios”… hay todo el
riesgo de que se elijan entre afines a los círculos de poder de cada comunidad.
Se reduce la representatividad del estudiantado y del Personal de Administración
y Servicios a un solo miembro por estamento.
Pero es que además ese órgano elegiría al Rector (eso sí,
entre universitarios) y, a su vez, en una locura verticalista, sería este quién
elegiría los decanos. Se socavaría así el sistema democrático en cada centro.
Una pirámide plutocrática perfecta que haría que una elite o una camarilla se
hiciera con las riendas de cada Universidad.
Es sabido que el funcionamiento de la Universidad Pública es
bastante democrático aunque ello, a veces, le haga ser lenta en sus decisiones.
Los Claustros, bastante representativos, son la base de la que emanan Junta de
Gobierno y Rector, hoy, cuando no se le elige directamente por sufragio
universal ponderado, como es el caso vasco. La reforma propone que el Claustro
pase a ser solo un órgano consultivo, salvo en la elección del 50% para el nuevo
Consejo de Universidad. Hoy el Claustro elige a la gran mayoría de los Consejos
de Gobierno y respetando los estamentos.
Una reforma debería esperar algunos años y, mientras tanto,
hay prioridades: generar transparencia y eliminar endogamias y mandarinatos;
dignificar los sueldos del profesorado asociado e interino y estimular al
profesorado más joven; salvar presupuestos y mantener dotaciones a la
investigación… La contrarreforma propuesta crearía muchos más problemas que los
que resuelve y minaría la democracia de la Universidad Pública.
Viento Sur, 23/02/2013